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Por qué volver a Shakespeare

“… Confieso que tus escritos son tales, que ni hombre ni musa pueden alabarlos suficientemente… Alma del siglo! Aplauso, delicia, asombro de nuestra escena!… Eres un monumento sin tumba, y vivirás mientras viva tu libro y haya inteligencias para leerlo y elogios que tributar… Triunfa, Britania mía, pues tienes uno que ofrecer, a quien todas las escenas de Europa han de rendir homenaje!… Que él no es de un siglo, sino de todos los tiempos… Dulce cisne del Avon!…”

Ben Jonson (1572-1637)

Este homenaje, con una clara visión de futuro, fue hecho por un contemporáneo y rival de Shakespeare (1564-1616)

Leí muchas obras de Shakespeare en mi juventud (hace mucho…), con la mente despejada, bastante tiempo disponible y poca experiencia de vida. Recuerdo que me encantó su maestría para describir las pasiones humanas  mostrándome los extremos a que podía llegar el ser humano en  su ambición, celos, amor puro, nobleza, etc. Y que también podía divertirme con sus comedias, que sentaron modelos para muchas comedias actuales.

Muchos años más tarde en mis 50, volví a leer buena parte, y entendí cosas que se me escaparon en mi juventud. En ambos casos utilicé un ejemplar de las Obras Completas editada por Aguilar en 1951. Es un libro hermoso, encuadernado en cuero e impreso en papel Biblia que hace que las 2200 páginas que contiene, formen un volumen totalmente manejable.

 Hace un par de meses me aparecieron las ganas de releer obras de Shakespeare. Esta vez elegí un formato digital, acorde con los tiempos que vivimos, pero recordando siempre la experiencia vivida con el texto de Aguilar. Después me di cuenta que quizás este impulso obedeció a que en el año 2016 se cumplen 400 años de su muerte y era algo así como un homenaje particular. No lo sé, pero lo cierto es que releí varios dramas con la ventaja de una larga experiencia de vida, lo que me ayudó a resignificar algunas cosas.

Releo a Macbeth y veo un matrimonio dispuesto a matar en su desmedida ambición. Miro nuestro pasado reciente y encuentro un ejemplo análogo, aunque más sutil que los Macbeth para deshacerse de adversarios.

Releo a Otelo, capaz de matar por celos a la mujer que amaba,  y pienso en los femicidios provocados por ex maridos, novios o amantes.

Releo a Romeo y Julieta unidos en la muerte por no poder concretar en vida su amor, y pienso en las parejas que deben superar barreras de raza o de religión para poder amarse.

Como se puede ver los temas que trató Shakespeare en sus obras siguen estando vigentes.

Esta reciente lectura me llevó, más aún que en los casos anteriores, a maravillarme en varios aspectos:

  1. Las obras en sí, con su atemporal significación y descripción de la naturaleza humana.
  2. El hecho de que obras escritas hace más de 400 años, se sigan representando en la actualidad en un mundo que pareciera que poco tiene que ver con el de los tiempos de Shakespeare, y menos aún con los de sus obras.
  3. Que estos textos hayan indirectamente generado una gran cantidad de obras de arte en campos como el cine, ópera, música sinfónica, pintura, etc.
  4. Que su obra sea una de las más analizadas de toda la literatura y que, al mismo tiempo, se conozca tan poco de su autor. Esto ha generado una gran cantidad de especulaciones y hasta teorías conspirativas.

Cuando trato de encontrar otros casos de autores que sigan plenamente vigentes  varios siglos después de su muerte, me resulta muy difícil y en el mejor de los casos se los recuerda por una o dos obras, mientras que en el caso de Shakespeare hay fácilmente más de diez obras en esa situación. Cómo pudo un autor producir una obra tan amplia y de tan alta calidad que acepte ser representada tanto en versiones tradicionales como modernas? Cómo su obra admite con éxito  transcripciones a un arte cinematográfico que no existía en su tiempo y versiones en que la acción se traslada a la actualidad?

Como no soy un entendido en el tema, sólo puedo aventurar alguna respuesta a mis interrogantes. Me parece que Shakespeare supo extraer las características esenciales del ser humano y con ellas armó buenas obras de teatro, con el lenguaje de su época y con un notable manejo de los recursos dramáticos, que hacen que uno las siga sin dificultad. Pero a través de todo lo exterior, se sigue viendo claramente el corazón humano, con toda su riqueza, sus luces y sus sombras.

«Romeo y Julieta»

Por eso les recomiendo volver a Shakespeare, porque así como “no nos podemos bañar dos veces en el mismo río”, también en cada regreso a Shakespeare lo encontramos distinto, porque también nosotros somos distintos.

El misterio no resuelto sobre si William Shakespeare realmente escribió su magnífica obra, o si detrás de él se esconde alguien con una mejor formación, seguirá generando especulaciones. Pero Jorge Luis Borges logró describirlo como sólo él sabía en un cuento de “El hacedor” (1960)

EVERYTHING AND NOTHING

         Nadie hubo en él; detrás de su rostro (que aun a través de las malas pinturas de la época no se parece a ningún otro) y de sus palabras, que eran copiosas, fantás­ticas y agitadas, no había más que un poco de frío, un sueño no soñado por alguien. Al principio creyó que todas las personas eran como él, pero la extrañeza de un compañero, con el que había empezado a comentar esa vacuidad, le reveló su error y le dejó sentir para siempre, que un individuo no debe diferir de su especie. Alguna vez pensó que en los libros hallaría remedio para su mal y así aprendió el poco latín y menos griego de que habla­ría un contemporáneo; después consideró que en el ejer­cicio de un rito elemental de la humanidad, bien podía estar lo que buscaba y se dejó iniciar por Anne Hathaway, durante una larga siesta de junio. A los veintitantos años fue a Londres. instintivamente, ya se había adiestrado en el hábito de simular que era alguien, para que no se descubriera su condición de nadie; en Londres encontró la profesión a la que estaba predestinado, la del actor, que en un escenario, juega a ser otro, ante un concurso de personas que juegan a tomarlo por aquel otro. Las tareas histriónicas le enseñaron una felicidad singular, acaso la primera que conoció; pero aclamado el último verso y retirado de la escena el último muerto, el odiado sabor de la irrealidad recaía sobre él. Dejaba de ser Ferrex o Tamerlán y volvía a ser nadie. Acosado, dió en imaginar otros héroes y otras fábulas trágicas. Así, mientras el cuerpo cumplía su destino de cuerpo, en lupanares y tabernas de Londres, el alma que lo habitaba era César, que desoye la admonición del augur, y Julieta, que aborrece a la alondra, y Macbeth, que conversa en el páramo con las brujas que también son las parcas. Nadie fue tantos hombres como aquel hombre, que a semejan­za del egipcio Proteo pudo agotar todas las apariencias del ser. A veces, dejó en algún recodo de la obra una confesión, seguro de que no la descifrarían; Ricardo a­firma que en su sola persona, hace el papel de muchos, y Yago dice con curiosas palabras no soy lo que soy. La identidad fundamental del existir, soñar y representar le inspiró pasajes famosos.
         Veinte años persistió en esa alucinación dirigida, pero una mañana le sobrecogieron el hastío y el horror de ser tantos reyes que mueren por la espada y tantos desdicha­dos amantes que convergen, divergen y melodiosamente agonizan. Aquel mismo día resolvió la venta de su teatro. Antes de una semana había regresado al pueblo natal, donde recuperó los árboles y el río de la niñez y no los vinculó a aquellos otros que había celebrado su musa, ilustres de alusión mitológica y de voces latinas. Tenía que ser alguien: fue un empresario retirado que ha hecho fortuna y a quién le interesan los préstamos, los litigios y la pequeña usura. En ese carácter dictó el árido testa­mento que conocemos, del que deliberadamente excluyó todo rasgo patético o literario. Solían visitar su retiro amigos de Londres, y él retomaba para ellos el papel de poeta.
         La historia agrega que, antes o después de morir, se supo frente a Dios y le dijo: Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo. La voz de Dios le contestó desde un torbellino: Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie.

Este es mi humilde homenaje a William Shakespeare en el año en que se cumplen 400 años de su muerte.

Jorge Mandelbaum (marzo de 2016)

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Adolfo Jorge Mandelbaum
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2 Comments

  1. Kiwita dice:
    18 marzo, 2020 a las 2:02 am

    Hola Jorge, llego a su blog por curiosidad. Su hijo Quizito es lo mejor que le pasó a Twitter a los argentinos que nos gusta viajar. Ahora quiero contarle que coincido con Ud en que Shakespeare tiene ese no se qué, que trasciende los siglos y que a pesar de los años se deja leer con facilidad, soy el mejor ejemplo, leo poco porque tengo dislexia y TDA (trastorno de déficit de atención) y sin embargo, pude leer buena parte de la obra de Shakespeare sin dificultad.
    Saludos y bienvenido su blog!

    Responder
    • jmandel43 dice:
      18 marzo, 2020 a las 11:54 am

      Muchas gracias por el comentario y me encanta encontrarme con alguien que también disfruta leyendo a Shakespeare.

      Responder

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